El reportero gráfico estadounidense expone en el Centro Cultural Borges algunas de sus mejores imágenes de India, Tokio, Myanmar, Sri Lanka y Pakistán.
Publicado 20/03/2010
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El reportero gráfico estadounidense expone en el Centro Cultural Borges algunas de sus mejores imágenes de India, Tokio, Myanmar, Sri Lanka y Pakistán. Son conmovedoras.

Para todos. Preparativos en el Centro Cultural Borges. A la curadora, Virginia Fabri, le llevó dos años poder traer a McCurry.

En 1978 fue a la India por seis semanas y se quedó dos años. Esta podría ser la anécdota que mejor resume la vida de Steve McCurry: despojado, paciente, listo para el combate. No es un marine estadounidense sino un reportero gráfico, de los más reconocidos en el mundo. Sin embargo, hay otra mejor. Su lanzamiento internacional vino con una medalla de oro, el Premio Robert Capa, otorgado a los reporteros de valor excepcional: estaba en Afganistán antes de la invasión rusa y abandonó el país disfrazado y con los rollos cosidos a la ropa. Citar la lista de sus premios sería tan abrumador como irrelevante, porque la prueba de su talento está a la vista en el Centro Cultural Borges, en una exhibición de 120 fotografías que se prolongará hasta el 15 de abril. Desde luego, entre ellas, figura La Mona Lisa del periodismo gráfico, la famosa niña afgana Sharbat Gula, que retrató en el campo de refugiados Nazir Bagh, cerca de Peshawar, en Pakistán, y llenó con su mirada verde la portada del National Geographic de 1985.

Ahora trabaja para la agencia Magnum, es millonario, tiene una fundación y vive en el sur de Manhattan. No tiene fotos junto a su cama y hace cuarenta viajes por año, siempre va solo. Es zurdo, bastante petiso, desordenado. Sin embargo, no le faltó talento para transformar en belleza lo de-sagradable.

—¿Cuáles son las compensaciones de su trabajo?
—Saber que parte de mi responsabilidad es informar a la gente. Aun en los peores lugares, siempre hay una mancha blanca, alguien que me ayuda. Toda mi carrera se hizo entre las guerras en lugares como Afganistán o Camboya y tengo muchas historias sobre distintas culturas que están desapareciendo. Una vez retraté a cientos de flageladores que se lastiman hasta sangrar en una ceremonia colectiva. Me acerqué tanto que me cortaron la frente de un golpe.

—¿Nunca regresa sin “la” foto?
—No, cuando alguien tiene un arma, pido permiso. Si no acepta, desaparezco. Uno tiene que desarrollar un sentido y saber qué se puede y qué no se puede hacer.

—¿Hay algo que nunca retrataría?
—Me gusta fotografiar todo, pero soy cuidadoso con la gente que vive una tragedia. No debo cruzar esa línea. En Afganistán es imposible fotografiar mujeres luego de la pubertad. A veces evalúo si debo pagar a alguien para hacerlo.

—¿Cómo encontró a la niña afgana?
—Estaba en una carpa de lona verde –es el fondo de la foto– que era la escuela del campamento de refugiados. Era muy tímida y se tapaba la cara con un chal agujereado –lo habían usado para apagar un incendio en la cocina–. La maestra entendía un poco de inglés y la convenció. En 2002 volví a buscarla y muchas mujeres decían que eran ella, aunque a simple vista era inconcebible. Hasta que alguien dijo ser su hermano y fue verdad. Nos llevó hasta ella. Le dijimos al marido y al padre que ella representaba la dignidad afgana, la lucha de su pueblo, y consintieron un nuevo retrato, que se publicó en abril de 2002.

–¿Tuvo que pagarle?
– Nat Geo quiso compensarla por la utilización de su imagen durante 17 años. Desde ese día se le pagan derechos, de por vida.

—¿Cuál fue la situación más extraña que vivió?
—Estaba haciendo una fotografía aérea en Yugoslavia y chocamos contra un lago, estaba atrapado debajo del agua, casi sin respirar. Al fin pude liberarme, estaba muy asustado.

—¿Qué paisaje no olvidará jamás?
—Tíbet, sin duda, es dramático, profundo, pasado... tiene desiertos increíbles, ríos, las montañas más altas del mundo. Fui diez veces. Lo fantástico de poder viajar es ver cosas que no nos imaginaríamos nunca.

—¿A qué lugar regresaría?
—India. Cambió mi cabeza, hizo que me interesara en Asia como lugar de trabajo y fui un centenar de veces, no me cansa. Estoy fascinado por el budismo como expresión estética y como religión.

—¿Qué lugar quiere conocer antes de morir?
—Cuba, nunca fui.

—¿Dónde pasa sus vacaciones?
—En Italia. Me gusta la comida, el vino, la cultura, el clima, la arquitectura. Es el lugar perfecto para ir una vez al año.

—¿Sacó fotos en Buenos Aires?
—Caminé por Puerto Madero, pero no tomé fotos significativas. Aunque me llama la atención la hospitalidad de la gente. Acá hay un espíritu, es como París o Roma, ciudades que todos aman. Aunque ustedes no lo noten, quieren disfrutar de la vida. De donde yo vengo, la gente sólo quiere trabajar.

Fuente: Diario Perfil


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